El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Veintidós

Rubén Lardín La hora atómica— 17-10-2012

Martes. Es el día de la guerra.

Con los cafés, Andrés me habla de una amiga que siendo muy niña olió una merluza y entró en un coma. Desde entonces recorre la vida —como un personaje de vuelta de Lovecraft— con el miedo entrañado y jeringuillas en los bolsillos, por si se le cruza un pescado o sus mismos vapores.

En el transporte me–tro–po–li–ta–no, un bebé pelón me ha infundido una descarga de felicidad con su manita descubriéndose prensil. Me lo ha arrancado su madre, que mientras liberaba una teta melosa que no iba a ser teta sino pecho estricto, ha tomado al bicho por correa de transmisión y me ha contado que a los de nuestra quinta se nos daba cada tres horas y al que se ponía muy pelma se le distraía con agua azucarada, pero que ahora los pediatras recomiendan que el lactante marque el compás y que se le ponga el pezón en los labios siempre que lo pida. A mí todo esto me es indiferente porque los hijos son vuestros, pero de pronto he creído que este niño puede estar endemoniado, cuando se suelta de la crianza y con aplomo adulto me señala con el dedo.

Me señala con el dedo pero yo miro la luna mora.

Durante el último tramo del viaje simulo una llamada al móvil y en ella me fantaseo estupa, de una película que he visto, y planifico en voz alta una entrada forzada a ese avispero del extrarradio y emito alguna instrucción técnica que mi equipo deberá seguir al pie de la letra, y un chico uniformado de parques y jardines permanece muy atento a esta pequeña diversión.

Más de noche, tras cenarme con agua fresca unos boquerones, yo libre de todo mal, miraré las olas pulverizarse contra las rocas y soñaré extraños mundos marinos. Y en el sueño me dormiré en una barquita varada y despertaré en alta mar porque la marea se me habrá llevado tirando a tomar por culo. Más allá del arrecife del diablo.

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