El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Veintisiete

Rubén Lardín La hora atómica— 29-11-2012

Empiezo siempre estas escrituras semanales como aproximándome al reverso de un naipe, llevando en las yemas un apetito de suerte que encante la monotonía del estampado, pero va como va y llegando a este primer punto todavía no puedo saber qué mano llevo.

Así he empezado a escribir ahora, arremangado, sin trucos, más que por sentar nada por sentarme yo un rato, tratando de hallar una diagonal de grandeza en la sopa de letras y mirándome aquí como uno que se afeita, pidiéndole a este espejo unas pocas peras y viéndome enfrente las manos de tocar cromos y mujeres (tantas mujeres con las que acostarse pero sólo una con la que dormir), esperando a las manos pulsar estas teclas callas que en teoría han de tener todo el castellano guardado pero que no sueltan prenda si no se les da el fragor del yo plural (tomad eso), tan caro en invierno porque en invierno me retraigo como en verano me expando, porque soy un animalito automático de la vida, a la que sólo si me trae sol puedo hacerle unos estupendos de pecho y besarla en los morros.

Escribo para no parecerme a nada, pero luego está el tema de que la carta hay que saber jugarla, hay que interpretarla y darle lugar, aunque escribiendo hoy muy tranquilo, mirando de arrancarme, dejo el tapete y vuelvo al ruedo porque me encuentro pensando en esa convención que se da tanto en tebeos y dibujos animados, que es la del toro pavoroso escarbando, con el morro gacho y presto a embestir, cuando en la realidad, como se sabe en el campo, el toro que baja la cara y escarba la arena nos está diciendo que es remiso, que achanta y que de ninguna manera quiere entrar en brega, que lo dejemos estar en su estirpe y que la faena va a ser traerlo a nuestra jurisdicción, que acometa, fijarlo y arrancarle unas llamaradas.

Me cuesta hablar de toros, no porque me sienta muy solo en ello (en los toros se está bien solo, se piensan bien solo, los toros) sino porque sé que me hago extraño a mis seres queridos. Pero hoy tengo la tarde y la tarde es el lugar de los toros. Las tardes y el campo. A las reses bravas se las separa por edades y sexos en el campo, donde el toro sabe ser a la vez bravo y dócil mientras nosotros, aquí en la ciudad, solemos entender la generación siguiente como una gente que está llegando tarde, mientras la que llega no disculpa a la anterior el fracaso que ha sido y se apresura en fracasar mejor. Tan penoso como un bar donde sólo hay jóvenes o uno donde no hay más que viejos.

Todavía tienen que pasar muchas cosas, dice uno, y envida pero es un farol.

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