El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Veintiseis

Rubén Lardín La hora atómica— 22-11-2012

Buscaba conmoción estética y me he encontrado sumergido en la aventura y ahora apresuro el paso por salir de ella, no sé disfrutarla y corro como un pollo descabezado por las salas del museo, como un pollo o como el niño de la profecía, al filo del pánico; no sé qué hago aquí, por qué me habré metido en este lugar habitado de tallas góticas y románicas, de retablos, tormentos, crucificados y vírgenes con el crío rapaz en brazos, tallas incluso de tamaño natural que me prenden la muerte en el pecho a cada giro de esta arquitectura chiflada que recorro como un mamoncillo eléctrico. Estoy solo en el museo (fuera llueve, en el patio de naranjos) y querría pelear contra todos estos dioses (antes he leído que un hombre no pelea por ser fuerte sino porque no lo es lo suficiente) pero me voy sintiendo más y más lleno de miedo y me detengo en un descansillo para tomar aire y localizarme el trauma, porque el caso es que esto no me ocurre con imágenes paganas, pero no doy con él ni con la salida de este lugar sin horizonte y decido que si persevero en el miedo éste dejará de ser, lograré extinguirlo porque hasta del miedo se puede hacer costumbre.

En verdad perdí todo protocolo de actuación de buena mañana, cuando salí de casa atrapado —sin saberlo— en otro accidente al vestir un abrigo ligero que, se conoce, es de polyester. Por él me ha estado dando la corriente al meter llaves en cerraduras, al lavarme las manos, al tocar las cabezas de los niños… La carga del día no ha hecho por ayudar, en ningún momento ha disminuido la estática y ya he llegado al museo mirando escaparates, pensando en cambiar de ropero, pero lo que es ahora sé que con la madera no ocurre, así que me armo de valor y saco un permanent maker que es para mí como una espada de fuego urbano y con el brazo estirado le pinto a un Cristo del XVI una picha entusiasmada hasta la llaga del costado, y en esa herejía me protejo, me hago sitio entre las piernas de ese dios encarnado —en madera de balsa, encarnado— y me voy calmando y sigo las flechas, ahora temiendo ser detenido a la salida, ¡joder, me estoy metiendo en un lío!

Lamento los daños, lo estaba pasando muy mal, de hecho no tengo claro si he vuelto o si estoy todavía allí, sentado aquí ahora en la penumbra de un jardín tan extraño (un claustro, hay naranjos) donde me voy a quedar y miraré de orientarme…

Stendhal, amigo, ¡paga lo que debes!

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