A Ella le apasiona hablar de mierda

La conocí hace diez años, más o menos. Por aquel entonces trabajaba en una pequeña oficina que se encargaba de facilitar a sus clientes trámites burocráticos con la administración. Manejábamos expedientes, bases de datos, formularios, archivos, fichas que todavía se rellenaban con máquina de escribir, más formularios.

La decoración era de los setenta, y los cuatro hijos del jefe, también. Dos de ellos trabajaban con nosotros, los otros dos eran demasiado estúpidos o demasiado listos, como descubrí más tarde, como para venir a trabajar cuando periódicamente podían dar el sablazo al padre, un hombre semianalfabeto pero con instinto asesino para los negocios. De hecho le sobraba instinto asesino, tanto que, parte de él, lo repartía entre sus empleados, en forma de broncas, gritos y golpes en la mesa.

Si no fuera por el clima que creaba esa potente neurosis familiar el trabajo podría formar parte de los cinco trabajos más aburridos y monótonos del mundo. Y allí estaba ella, de estatura media, bien formada, facciones rectas y duras, rondando los cuarenta, piel clara, ojos marrones, con el pelo muy negro y muy grueso. Parecía que sus cabellos eran en realidad tubos, tubos de pelo que de tan gruesos por fuerza debían de estar huecos.

Hay gente que expresa sensualidad en todo lo que hace, al andar, al hablar. Pues bien, esta chica era lo contrario, destilaba agresividad en todo lo que hacía; su manera de moverse, de mirar, todo era agresivo en ella. Agresivo y desagradable, cosas que no siempre tiene que ir unidas.

Te miraba como si estuviera a punto de darte una hostia, en cualquier momento su mano podía volar a tu cara. Notabas cómo se reprimía. La mayoría de las frases las empezaba con la siguiente muletilla: “¡Eh, cuidadito!“. Pronunciaba, “eh”, de forma seca y alta, luego arrastraba las silabas, “cuidadito”, mientras bajaba el volumen. “¡Eh, cuidadito! Que hoy no estoy para bromas“. O bien: “¡Eh, cuidadito! Si el archivo no está en su sitio es porque alguien lo ha tocado“.

En definitiva, era esa clase de persona con la que coincides en el trabajo y estableces una mierda de relación laboral basada en la paciencia y en la certeza de que de no trabajar juntos jamás cruzaríais ni media palabra, pero con la que, no nos engañemos, si se diese la situación adecuada podrías tener una sesión de sexo sucio y violento, con intercambio de insultos.

El tipo de sexo que no haces con alguien si no contra alguien, una lucha desaforada que acabaría en una explosión de placer, vergüenza y asco a la que jamás haríais mención en el futuro, actuando como si nada hubiese ocurrido. Debo añadir que en la oficina trabajábamos tres hombres y doce mujeres con lo que ello implica.

El jefe y su hijo encerrados en sus despachos y yo en medio de esa jauría de fieras. Unas fieras que sentían hacia mí una mezcla de confianza y falta de respeto que les permitía hablar ante mí con total libertad sobre sexo, comida, hijos y mierda. Era habitual escuchar decir a la recepcionista al salir del baño: “Llevaba tanto tiempo sin mear que el pipí parecía caldo de pescado“. O la clásica: “Voy al baño que se me sale la cabeza del cuco“. Yo era joven, no había escuchado jamás este lenguaje entre mujeres (ni entre hombres), lo cierto es que después de mi paso por allí tampoco lo volví a escuchar.

Un día vi a una mujer mear de pie, cosa que he de admitir me sorprendió mucho, pero eso es otra historia. La cuestión es que el semblante de esta señora cambiaba por completo cuando en la oficina se hablaba de mierda, uno de los temas estrella de las damiselas y en concreto de M. Era su tema, le encantaba.

Inmediatamente dejaba lo que tuviera entre manos y se añadía a la conversación. Se le dulcificaba la cara, aparecía en su rostro una sonrisa similar a la que se forma cuando se mira a un bebé. Ella era la primera en admitir que tenía debilidad por la mierda. El resto de compañeras eran conscientes de ello y si por casualidad el tema surgía sin su presencia rápidamente iban a buscarla para que se incorporara a la conversación.

Las conversaciones reflejaban aspectos muy detallados del mundo de la mierda; texturas, colores, temperatura, sangre, restos en las heces, pedos, estreñimiento, ruidos de tripas y uno de sus favoritos, cagadas inoportunas. El momento mierdoso estrella de la oficina era la intoxicación alimentaria que sufrieron un año antes de mi incorporación en la cena de navidad de la empresa.

Podría contar todo tipo de anécdotas pero no lo haré, dan asco. A ellas les hacía gracia y se reían mucho y M mostraba una hilera de dientes blancos y pequeños mientras reía muy alto, muy contenta. La mierda era su pasión, su tema favorito. Un día, volvía de ver a un cliente, era tarde, la gente ya había salido de la oficina y solo quedaba ella.

Cuando entré la encontré llorando. Lloraba en soledad, de pena. Me acerque y le pregunté qué le pasaba. Nada, respondió. Me ofrecí, si podía hacer algo por ella. No hacía falta, me pidió que la dejase sola.

Me marché. No me enteré nunca de por qué lloraba, pero la imagen se me quedo grabada en la cabeza como la incógnita de una ecuación que nunca podré resolver. M y la mierda, la mierda y M y los pelos huecos.—

Carlos de Diego

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