El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Satán rayado

Historias de amor (y apocalipsis)— 11-10-2011

Le he enviado un correo electrónico a Dios y no me ha contestado. Se lo he mandado a god@ohmygod.org y nada. Nada de nada. No ha respondido. No le ha llegado como spam porque mi portátil está libre de virus, que lo sé yo y mi amigo informático. Y no me lo han devuelto, así que la dirección de e-mail tiene que estar bien. Tampoco ha habido una respuesta automática de que está fuera de la oficina hasta el año 3017, o algo por el estilo, porque se puede notar en el ambiente que no da pie con bola, que no está para lo que tiene que estar, que lleva siglos de vacaciones… Pero no, nada. Nada de nada. Así que certifico que no existe, o pasa de todo, que casi es peor, porque el que sí me ha contestado raudo y veloz ha sido Satán. Le he escrito a satan@ilovestan.org y ha dado al reply de la misma, debía de estar aburrido. A ambos les pedía lo mismo: erradicar la reproducción del ser humano en años no bisiestos, para poder copular a saco unos cuantos años y luego, el que quiera tener descendencia, que apechugue la temporada que le toca. Porque el preservativo es un coñazo, así de claro. Y el que pille algo raro, él sabrá. Presiones las mínimas. Y todo más ordenado.

El señor Belcebú se ha portado como un caballero. Me ha citado en sus dependencias, cuya dirección no puedo decir porque me juego el cuello, iba en el contrato, en letra bien grande. Adivinen si es un edificio institucional o unos grandes almacenes, porque por ahí va, por dar una pequeña pista y tocar los cojones. Aviso que está camuflado, tiene poco de apocalíptico y mucho de integrado. Tan demoníaco como una fábrica de pan de pueblo. Es decir, nada. El infierno está en otra parte, por lo que me contaron, y no pienso visitarlo hasta que me toque. He hablado encendido al entrar con unos ancianos afables sin cuernos ni rabo. A ellos les he interrogado con todo tipo de preguntas indiscretas en el camino, mientras me escoltaban a los aposentos del Gran Demonio. Eran dos, vestidos de Adolfo Domínguez. Apestaban a alcohol y tabaco. Como tiene que ser en este caso.

Tras cruzar con cierto canguelo unas puertas gigantes a lo Parque Jurásico con relieves propios del Kama Sutra me recibe en zapatillas la encarnación suprema del Mal. Lo primero que me dice es que ya me seguía desde hace meses en twitter con alguno de sus pseudónimos. Lo único que no pisa es facebook y tuenti porque no soporta su lado humano. Yo a ratos. Va en taparrabos, como Pedro por su casa, y no es rojo, para nada… Más bien mulato, o bronceado a saco, y luce rabo de toro. La cornamenta es pequeña, como de merchandising de AC/DC. Está detrás de una mesa de oficinista más bien cutre, de Ikea no más, con un portátil de la manzanita. Estaba claro. Tiene el Tetris o algo parecido de salvapantallas. Por lo demás, la habitación está tan oscura que no veo ni papa. No sé qué diantres le ilumina de lleno…

Satanás se hace un par de rayas de speed rosa sobre un tablero de ouija que aparece de la nada, se da un homenaje quemando su pituitaria, me mira a los ojos y me dice algo que ya sabía: “Vas a morir“. Después se parte el culo bien alto, con sonoras carcajadas. “Creo que siempre he estado enamorado de la muerte“, le contesto con poco ingenio, impertérrito. Las historias de amor no siempre acaban bien. En este caso, fatal. Irremediablemente. Y añado a lo que iba: “¿Qué hay de lo mío?“. “Estoy en ello“, suelta sin más. Lucifer in person. Será perezoso. ¡Así nos va!

El muy truhán me manda de la misma para casa, con lo cual así acaba este sinsorgo relato diabólico, en el que hay tres partes de mentira y algo de verdad. No sé ya ni cuál es cuál.

Comparte este artículo:


Más articulos de Borja Crespo