No voy a hablar de los Goya porque afortunadamente me los perdí, pero pensar en el evento me ha recordado un tema de notable interés gastronómico muy vinculado: los cocktails de rigor que acompañan a este tipo de saraos, donde los canapés vienen y van y la bebida sobra hasta a los más bolingas. Personalmente, cada vez me dan más pereza este tipo de citas, donde te encuentras con todo hijo de vecino y hay que dar conversación hasta al gotelé de las paredes. Cuado estás en una fiesta y evitas saludar al personal, es que algo pasa. Ese soy yo, avisados quedan, pero no sé qué contestar cuando me pregunto a mí mismo por qué suelo acabar pringando en alguno de estos festejos, a veces por compromiso, otras por trabajo, otras por… ¿agarrarme una buena mierda de gorra?
Hubo un tiempo, cuando llegué a Madrid hace más de una década (¡joooooder!), en el que me alimentaba de Whoppers 2 × 1 y me cenaba habitualmente una bolsa entera de patatas Lay´s a la vinagreta con un botellón de Fanta naranja. Estaba todo el día encerrado en la oficina de la discográfica Subterfuge, la razón de mi aterrizaje en la capital, intentando vender tebeos cual fanzineroso, y me cerraban siempre el supermercado. Las tiendas de chinos, el oasis. Así ha quedado mi estómago. Viene esto al caso porque, evidentemente, como mi nevera daba más pena que el léxico de Leire Pajín me aficioné a pasarme por todo evento con papeo gratis que tuviera a mano, a poder ser con algún compañero de fatigas con el que compartir maniobras en la oscuridad. Recuerdo algunos acontecimientos míticos, como una presentación del canal Calle 13 donde había un carrito de perritos calientes currando a destajo, helado de marca con estilo a espuertas, barra libre sin red y la de Diox es Krixto, como si no hubiera mañana. Siempre acabábamos tarde, por supuesto, entre semana… ¡Crápulas! Finales de los 90, ¡qué tiempos de derroche! Con la aparición de grandilocuentes tiendas virtuales que quedaron en nada, webs de cultura despistadas ante la realidad (¿qué fue de loquesea.es?), canales temáticos sobrepresupuestados, magnates y mecenas de ideas visionarias fuera de onda… Todo quedó en nada. Bueno, en una buena manada de jóvenes ejecutivos en la cola del paro tras haberse devorado una pasta gansa.
El ambiente, tanta presentación desbocada para dilapidar partidas de pasta que quemaban en algunas cuentas, me llevó a conocer intensamente el arte del canapeo. El cannaping. Existen y existirán, aunque estemos en época de vacas flacas, auténticos profesionales en la materia que meriendan y cenan todos los días en alguna inauguración, conmemoración o, si te descuidas, funeral. Se saben todos los trucos. Dónde colocarse estratégicamente para pillar todas las bandejas que salen cargadas de viandas, cómo camelarte a los camareros, cómo arramblar con media bandeja sin dar el cantazo… Un auténtico arte, como el truco de coger un canapé y una servilleta (el camarero suele llevar la bandeja a un lado y al otro los kleenex) de tal manera que al entretener al proveedor da tiempo a coger dos mini-tesoros gastronómicos si te zampas de un bocado el primero. Si vas con un colega, o varios, y hacen lo propio, ya tienes secuestrada la bandeja. Escenas propias de un film protagonizado por muertos vivientes se suceden sin control. Hordas de cazadores de canapés atacando sin escrúpulos ni decencia todo objetivo comestible. El instinto animal es lo que tiene.
Es conocida planetariamente en este terreno una especie a tener muy en cuenta: las canaperas, generalmente mujeres sexagenarias que van en manada y arrasan con todo lo que pillan. Saben cómo colarse en todos los eventos, y deben de tener una red de información abracadabrante porque se enteran de todo lo que se cuece en la ciudad. Ahora con el móvil, el sms y el “pásalo”, todo es más fácil. Si les cierras el paso, se cuelan por el ascensor de minusválidos o te cuentan una milonga capaz de convencer a un muerto. Gorronean que da gusto, sobrexcitadas como un cleptómano en El Corte Inglés. En alguna ocasión investigamos el fenómeno con alguna prueba que corroboraría toda sospecha: entre risas, nos inventábamos un canapé asqueroso (de diseño) con restos de otros mordisqueados y cronometrábamos cuánto tardaba en desaparecer del plato. El personal en estos saraos se come cualquier cosa. Doy fe.
Ya sé qué hacer cuando me jubile. Observar obras creo que no es mi estilo… y guardar la línea tampoco.
