El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

Lo que pasa en Tinder, en un principio se queda en Tinder

Ainhoa Rebolledo Una para las dos— 13-01-2015

Las expectativas eran altas porque acababa de salir del infierno y tenía el culo ardiendo pero a los pocos días de llegar a Madrid me vi y me sentí muy sola, una sensación de frío insoportable: no tenía amigas con las que salir a asustar y mucho menos un trozo de carne masculina que ponerme de brasero bajo la mesa camilla sobre la que tecleo estas líneas así que, más por necesidad calorífica que por ganas de diversión, un par de semanas antes de que empezara la Navidad me compré la botella de licor de hierbas más barata que vendían en el chino de la esquina y decidí pasar la noche registrándome en la red sentimental Tinder. Tenía previsto dedicarle a esta misión media botella y la noche entera pero tardé un chupito (tres minutos) porque mi Samsung lo sabía todo sobre mí gracias a la información que había puesto en Facebook y antes del brindis ya tuve activo un perfil con mi nombre de pila, mi foto con flequillo, mi edad y un resumen de mis preferencias que indicaban lo mucho que me gustaban Chirbes y la tortilla de patatas con cebolla. Cumplida la misión, me bebí la botella de licor de hierbas sin servir su contenido en un vaso. No me gustaba nada ese tipo de alcohol pero haciendo un repaso de mi corto, intenso y enfermizo historial sentimental recordé que las mejores historias de amor habían surgido del alcohol y acabé moviéndome por el Tinder usando el pulgar torpemente: luego lo aprendí, pero en ese momento no sabía que para indicar que un perfil del Tinder te gusta tienes que deslizar el dedo pulgar de izquierda a derecha sobre la pantalla del móvil y yo, que soy zurda como Angelina Jolie, lo hice todo el rato al revés y marqué megustitas en perfiles de gilipollitas con pinta de asistentes a la Goa especial año nuevo que se hacían autofotos en el espejo del baño con el eslip medio bajado para enseñar el grosor de su rabo y que por un fallo de escenografía enseñaban también el palo de la fregona en una esquina de la imagen: C’est la vie sur Tinder / Je voulais voir votre zizi mas vous m’avez montré votre vadrouille, que escribió Baudelaire en su recopilatorio Los despojos sobre los potenciales compañeros de viaje con los que se topan las flâneurs en esto de encontrar el amor (único y verdadero) a través de una app que se han puesto en el móvil.

En Tinder, casi como en la vida real, los hombres que presentía que me gustaban tampoco me hacían caso o, como mucho, me decían ¡Hola, guapa! insertando dos faltas de ortografía y un error de gramática en ese par de palabras. Justo cuando ya estaba entendiendo cómo hacer los movimientos correctos con el dedo pulgar y mis actividades pseudosentimentales y protosexuales se desarrollaban con la típica normalidad de Tinder, el día del sorteo de la lotería de Navidad me encontró un hombre nacido en 1982 (como Naranjito) llamado Dr. Paco –menciono su apodo porque la historia ya tuvo su desenlace y este texto es mi particular homenaje o venganza, después de la indirecta que me hizo llegar a través de su portada–que aparecía en una foto armado con una caña de pescar, su pelo rizado, una barba de tres días y la camisa de cuadros que siempre ejerce como imán. Fui yo quien empezó la conversación poco después de que él acariciara su dedo pulgar en el sentido correcto que exige el orgasmo en Tinder y mi sorpresa fue mayúscula cuando me contestó haciendo un uso excelente de la Gramática española, sin insertar infinitos JE, JE, JE como si fueran signos de puntuación e incluso aportando temas de conversación que no tenían nada que ver con las chorradas sobre Pablo Iglesias que se cuentan todo el rato en las tertulias de La Sexta. Los dos o tres primeros días que estuvimos hablando, yo estaba tan concentrada en la conversación con mi nuevo amigo Dr. Paco que no retuiteé ningún chiste sobre cuñaos en Twitter y ni siquiera colgué fotos de atardeceres en Instagram. Hablábamos muchísimo todo el rato, sobre todo en Nochebuena. Dr. Paco me contó pocas cosas sobre él pero me dijo que era escritor y profesor, ¿tan joven y ya eres profesor? le pregunté. Cuando hay exámenes, los bedeles me confunden con los alumnos y no me dejan entrar en el aula porque ven que no ha llegado el profesor. Entrañable. No voy a transcribir las conversaciones que mantuvimos, sólo mencionaré que estaban cargadas de romanticismo, de apelativos cariñosos, promesas de amor verdadero, muchísimo sexting en general. Aunque fuera escritor y a mí me gustara muchísimo leer a escritores vivos, preferí no pedirle que me mandara nada de lo que había escrito porque sabía que me pondría muy celosa leyendo los textos que hablaban de mujeres de su pasado que obviamente no eran yo. Quería ser su musa, quería ser su todo y, cuando se lo dije, lejos de asustarse escribió un poema sobre mis piernas rodeando su cuello como si fueran una bufanda y un relato en el que yo paseaba por el Retiro a su lado con un anillo de diamantes en el dedo pulgar de mi mano izquierda. Estaba muy contenta y muy ilusionada con Dr. Paco, quería que todo fuera bien así que respondía con normalidad cada vez que me volvía a preguntar si era cierto que tenía menos de treinta años y si estaba realmente segura de que no me olía el aliento a ajo. Él no soportaba ese olor en las niñas, Dr. Paco era mi vampiro del amor. Hablamos muchísimo, nunca demasiado, sobre sentimientos: me decía que la única razón para estar vivo en este mundo era el romanticismo, el hecho de enamorarse, la piel de gallina. El cortejo, el piropeo, el besuqueo, el mordisqueo y el “si no estás, me muero”. Entre nosotros no había otra cosa que palabras de amor y promesas de sexo salvaje. El día de Navidad me preguntó cuáles eran mis películas favoritas y escribió “a mí también me encanta” por cada título de la filmografía de Billy Wilder que nombraba y por lo visto sintió una erección cuando nombré El desencanto. Luego me dijo que sabía de buena tinta que en los Doré proyectarían El desencanto y casi todas las películas de Billy Wilder y yo, claro, le sugerí que fuéramos juntos. Claro que sí, guapísima, me dijo al de un rato. ¿Y si quedamos antes?, pregunté. Me dijo que estos días navideños estaba un poco ocupado, que esperara tres días porque los domingos estaba siempre libre. En el fondo me vino bien la espera, porque no me habría dado tiempo a preparar la cita: esos tres días fueron un infierno de preparativos: teñirme el pelo, depilarme, comprarme un vestido de flores, un jersey bonito, una bufanda que fuera a juego con los zapatos, que también compré nuevos. Pintarme las uñas, aprender a ponerme base de maquillaje y la raya del ojo, pasarme una tarde decidiendo si era buena idea ir con las bragas y el sujetador a juego para finalmente acabar comprando la víspera de nuestra cita ropa interior de color negro. Cuando estaba pagando en Oysho (qué risa, Inditex escribiendo palíndromos) Dr. Paco me escribió: Tenemos que hablar.

Así que hablamos, claro. Me dijo que tenía que contarme algo y para ello utilizó la misma táctica catastrofista que llevo usando desde que tenía 5 años: contar algo como si fuera mucho más grave de lo que es para que finalmente resulte una tontería. Hasta en eso éramos la pareja perfecta. Me pidió que no me asustara cuando nos conociéramos porque él era un escritor bastante conocido. Bueno, no dijo que fuera un escritor conocido, dijo directamente que era conocido. Yo ya sé que los escritores sólo son conocidos para el resto de los escritores, no para la gente normal, así que le dije que no se preocupara, que yo tenía más de mil followers en Twitter y por tanto también era famosa en el mundo de las letras. No es lo mismo, Ainhoa. No es lo mismo. Le pregunté quién era exactamente porque no me sonaba que hubiera ningún escritor famoso en España que tuviera menos de cuarenta años y Dr. Paco me contestó usando emoticonos por primera vez en nuestro romance. Quedamos el domingo en la Cuesta de Moyano y, aunque él quería quedar directamente en la estatua de Baroja, yo preferí que quedáramos en la primera caseta bajando por Alfonso XII porque tenía previsto ir con tacones y me daba miedo despeñarme por la cuesta ante sus atónitos ojos.

Y llegó el domingo 28 de diciembre.

Mis tacones y el resto de mi disfraz de mujer llegamos diez minutos antes de la cita para tenerlo todo controlado y dio la casualidad de que allí estaba Paco Marhuenda mirando libritos de segunda mano: le hice una foto para tuitearla pero no había mucha luz y me quedó mal. No pude volver a intentarlo porque justo en ese momento se dio cuenta de que le había hecho una foto y me miró. Puse carita de circunstancia, le hice morritos cerrando un poco los ojos, como pidiendo perdón y él respondió a mis súplicas justo antes de que se me abriera la tierra bajo los pies con un trágico: Hola, Ainhoa.

Tuvimos que acercarnos hasta la estación de Atocha para que él se pudiera tomar un menta poleo. Creo que se trata de una terrible equivocación, dije para romper el silencio en el que llevábamos hundidos desde que nos encontramos. ¿Y qué hay de todo lo que hablamos? me preguntó. ¿Qué hay de todo lo que decías sobre que cambiarías tu vida entera para estar a mi lado y que me querrías siempre? Cuando le reproché que él había mentido sobre su edad, denominó “licencia poética” al hecho de haber puesto en Tinder que había nacido en 1982 cuando en realidad estaba a punto de cumplir 54 años, así que como yo no estaba interesada en pelearme y quería cambiar de tema, le pregunté qué había de autobiográfico en las columnas que publicaba en La razón. Así conseguí que se pasara una hora hablando solo, de él, de sus opiniones universales y de su literatura periodística. Entre otras cosas, me dijo que el periodismo era como el fútbol y que el objetivo era siempre marcar un gol. Yo me fui relajando, incluso intenté sonreír, pero no tanto como para que se me destensaran los músculos de la vagina. Cuando iba a pedirse un segundo menta poleo, le avisé de que me tenía que ir, porque había quedado. ¿Con quién?, me apuñaló. Me dijiste que no tenías amigas en Madrid. Me volvió a preguntar por nuestra historia de amor, me preguntó si todas las palabras de amor que le había dedicado eran una vulgar mentira, si ya no tenía ganas de que me hiciera el amor todas las noches para luego quedarme dormida sobre su barriga, si ya no notaba las mariposas del amor que habíamos sentido los últimos días y si estaba segura de nuestra ruptura amorosa. No sé cómo, pero conseguí largarme aunque tuve que darle dos besos en los mofletes, chocándome con sus gafas. Al llegar a casa, me tumbé sobre la cama para llorar por el amor perdido.

El otro día, aprovechando el año nuevo, le mandé un e-mail desde Galicia y le dije que el cambio de año me ponía muy contenta, me sentía llena de optimismo y esperanza y que creía que podríamos llegar a ser grandes amigos. Me contestó al de un rato, desde su iPad, enfadadísimo y me dijo que no podía pasar a la fase del pagafantismo (sic) y, entre otras cosas, prefería darse cabezazos contra la pared a tener que quedar conmigo en una cafetería del centro de Madrid para comentar los sucesos del mundo y el estado de la nación española mientras yo bebía quintos de cerveza apestando a ajo y comía cacahuetes tirando las cáscaras al suelo. Vamos, que lo que quería era follarme y que yo gimiera su nombre, pronunciando una sílaba al inspirar y la otra, al espirar. Aquí ya nadie estaba hablando de amor, creo, pero él había calificado nuestra posible amistad de restos de cacahuetes. El daño estaba hecho así que no le contesté y él me volvió a escribir para recordarme que aunque fuera joven era una estúpida y que mi esperanza era en realidad placebo.

Ya había borrado mi cuenta de Tinder pero después de leer su e-mail volví a tuitear tonterías, me compré el típico bestseller navideño lleno de viñetas escritas y dibujadas por una chica, con sus inquietudes y sus cosas, y dejé que todo se enfriara. Pasé de Billy Wilder y de El desencanto y me vi la trilogía del Cornetto, riéndome bastante. Superé un desamor en tiempo record, ni siquiera me molesté en ir por ahí contándoles a mis amigas lo imbécil que era mi ex. Sin embargo, el otro día, volviendo de Santiago de Compostela en el ALVIA, en el vagón-cafetería cogí un segundo el único periódico que estaba libre y vi en la portada del 2 de enero el siguiente titular: “Los jóvenes son los más optimistas ante el nuevo año, y siete de cada diez encuestados están más esperanzados que en 2014”. Fui a leer la noticia (que en realidad era un artículo de opinión, como todo lo que se publica en La razón) y venía a decir, entre líneas, que yo era una niñata insoportable. Aquí lo dejo.

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