El Butano Popular

Librepensamiento y explicaciones

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Ainhoa Rebolledo Una para las dos— 02-10-2014

Puede que sea sábado. Ya hace rato que ha amanecido y aún más que me he despertado. No sé si me siento bien o me siento mal pero me siento sin dudar en una terraza de Gràcia a tomar un café con leche. No todo lo hago con la misma determinación. Podría haber interactuado en catalán con el joven diseñador gráfico que trabaja disfrazado de camarero pero no sé pronunciar su lengua diferenciando claramente entre con hielo y con leche y como ya huelo a otoño mi boca no puede permitirse el más mínimo error de temperatura. Sé que el joven me va a cobrar un montón de monedas en nombre de la Gornú (que por cierto no me sobran) pero me da igual porque ha colmado mis deseos sirviéndome el café en un vaso. No me gusta usar las tazas de los bares, prefiero el cristal. Tampoco me gustan los hombres jóvenes que necesitan echarse azúcar en el café porque mis Gladiadores del Amor deben destilar azúcar y tener una saliva más dulce que la miel. Es más, nunca he considerado sexualmente a un hombre que pida sacarina. Pero basta de detalles superfluos sobre mis principios porque me pongo triste. El invierno está a la vuelta de la esquina, me he pasado el verano del amor cantando como la cigarra pero no he conseguido que ningún joven me cuaje. Se ha hecho tarde y ahora voy a tener que calentarme con el brasero. Otra vez. Ay, las hormigas, qué listas son.

Estoy sentada en una terraza de Gràcia leyendo el primer volumen de Recuerdos Inventados de Vila-Matas a sabiendas de que no debería estar leyéndolo a estas alturas de la vida porque es muy tarde para mí. En mi opinión y en la de todos, a Enrique VL se le lee cuando no has terminado de ser joven pero hace rato que has superado a Bukowski. Puedo encontrar justificaciones a las manías propias o prohibiciones impuestas, puedo explicarme y decir que hace unas semanas estuve en Lisboa intentando leer a Pessoa y su tocholibro del desasosiego (tranquilos, amigos, porque leía en formato Adolf Kindle) me estalló la puta cabeza con esa antología del primer blogger portugués de éxito. Ahora, ya en Barcelona y protegida mi cama por una muralla de libros con forma de estantería de IKEA, pienso que Vila-Matas no tiene una estatua delante del bar Bauma y me gustaría que la tuviera. ¡Lo digo en voz alta y por escrito! No hace falta que sea ecuestre por mucho que a mí me parezca un escritor excelente. Nunca me acuerdo de si es bueno o malo que un texto tenga rima asonante pero sí recuerdo que en el libro de Perder teorías (que conseguí en su momento y que luego perdí porque fue muy difícil repartir los libros cuando me separé de mi marido) Enrique VL te cuenta maravillas de El libro de desasosiego. En general, Vila-Matas te va contando todo el rato libros aburridísimos haciéndolos atractivos, se inventa todas las citas y está bien aunque últimamente imprime siempre el mismo libro que ya imprimió en otra editorial pero tiene cuidado de ir cambiando las cubiertas y los textos de contra. Creo que Vila-Matas nunca sale de su torre de marfil o al menos yo no me lo encuentro nunca ni por Gràcia ni el Eixample. Como mucho salió una mañana a comprarse unas wayfarer rojas cuando supo que ya lo había escrito todo. Nuestro amigo Nabokov decía –con sus palabras– que muy guay eso de la torre de marfil en la que se refugian los escritores pero que para poder encerrarse en una hay que salir antes a cazar muchos elefantes. Añado que Nabokov rima con Nabo, que hay que disfrutar del amor sin soltar una lágrima ni pillar una venérea y que hay que divertirse, pensando lo justo. Cuando pienso demasiado llega el invierno y me bloqueo analizando las consecuencias de todas mis torpezas veraniegas y no me divierto en absoluto. Así que como no tengo historias de amor propias, leo muchas y espío las ajenas para sentirme satisfecha.

Sigo sentada en la terraza de Gràcia y un señor se acerca con una guitarra para animar el ambiente: “somos aborígenes, esto es Gràcia: no necesitamos que nos entretengas como a los monos de los turistas que pasean por las Ramblas” le digo telepáticamente pero no me entiende porque con decisión y con una sonrisa cumple su amenaza y se pone a tocar. En la mesa de al lado está sentada una señora de sesenta años con mechas californianas y mandil con estampado de flores que, después de salir a cazar sus propios elefantes, descansa tomando una taza de café hasta que [empieza la acción] le pregunta al guitarrista eso de “¿De dónde eres?, ¿Vienes mucho por aquí?”. El hombre se declara ecuatoriano y de apellido pero no tomo alcoholes, sólo cervecitas y todo empieza a parecerme bien –o al menos interesante– cuando la señora del mandil de flores que lleva tres meses sin teñirse las raíces le responde, le dice, le pide, le exige que toque: ”anda, hijo, tócanos algo de tu tierra”. Nuestro amigo medio-abstemio toca ese tango argentino sobre el tipo a quien le gusta que suenen los ejes de su carreta y que ni de coña los va a engrasar y yo, intuyendo la tragedia, cierro el libro de Vila-Matas sin usar el marcapáginas y me quedo expectante esperando a que acabe este reality para verlos desaparecer juntos por una callecita de Gràcia mientras les admiro con envidia: para ellos el efecto de la droga del verano del amor no se ha terminado. No tienen whatsapp ni facebook y pueden vivir historias de amor improvisadas en invierno pero la señora de 60 es igual de desconfiada que yo a mis casi30 y no parece convencida de la cópula inminente con el guitarrista porque ahora le pide a su hombrecito acústico que toque algo alegre “como el Jungle Boogie de Kool & The Gang” pienso yo y el ecuatoriano que tanto se ha esforzado en negar que sea alcohólico toca y canta el tango ése de El Arriero. “Menuda puta desgracia”, pienso mientras la señora tararea como puede la canción. Sus labios encajan con la letra como los de Jules recitando Ezequiel 25:17 en la versión doblada al gallego y cuando termina nadie dispara pero la señora aplaude lentamente con desconfianza mientras niega con la cabeza, que esa versión ella no la conocía. Añade, además, que la canción le ha parecido triste porque ella la conocía en un tono más alegre así que le riñe al pobre músico, le echa la culpa del apocalipsis financiero mientras le recuerda que últimamente la vida ya está siendo demasiado dura como para que encima tengas que ponerte a escuchar canciones tristes un sábado por la mañana, “la última mañana soleada en una terraza donde el café con leche cuesta 1,60€” añado telepáticamente pero nadie me escucha. La señora del mandil con estampado de flores se levanta y se larga, decepcionada. El gatillazo amoroso de los 60 es eso, pienso. Sigo observando y me concedo un minuto de descanso en el espionaje para apuntar en mi libreta del TIGER que ya soy una mujer madura, que hace años que no hago locuras por amor –ni siquiera algo tan salvaje como aguantar despierta si me entra el sueño antes de que llegue el beso que descorche el champán de la pasión– y que los hombres que tocan la guitarra hace tiempo que no llaman mi atención, ni me impresionan ni me enamoran como cuando tenía 20 años y era fan de Ray Loriga. La señora se largó como una señora, sin darle una moneda, ni una caricia en la cabeza, ni una falsa promesa de “nos reencontraremos” o “te amaré siempre” o una excusa como “no eres tú, soy yo…” o una verdad de las que duelen como puñetazos en el estómago del tipo “estando contigo me he dado cuenta de lo mucho que quiero a mi marido”. Bla, bla, bla, fin. Qué va, nada de eso, no le dijo ni adiós.

Esto pasó hace poco, últimamente siempre es sábado por la mañana para mí y por eso no sé si contar la historia en presente o en pasado. Me cuesta mucho conjugar tiempos verbales y verdades. En fin, luego estuve un ratito más dando vueltas por ahí, seguí buscando por las bibliotecas de Travessera y Lesseps más libros de Vila-Matas que tuviera pendientes y distintas ofertas amorosas sujetas a disponibilidad o, al menos, una única historia de amor que quisiera ser vivida. Como tampoco la encontré, me volví a casa, encendí el brasero y decidí pasarme el invierno escribiéndola. Bueno, en realidad no escribí ni una sola línea: fui incapaz porque mis pensamientos se dispersaron intentando recordar si mi marido necesitaba echarle azúcar al café. Me da vergüencita preguntarle, me da pánico retrospectivo que pueda decirme que sí, que claro que sí, que por qué se lo pregunto y que qué tal estoy.

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