A vueltas con Videodrome


Blanco/Noche,
Catarsis/Muerte,
Tortura/Vida,
Fantasía/Retina.



La noticia de la posible realización de un remake de Videodrome (David Cronenberg. Canadá, 1983), que podría correr a cargo del productor de Transformers, junto con el encargo de escribir una reseña de la película para un fanzine especializado, me han decidido a revisar esta cinta peculiar que siempre me ha deparado gratas sorpresas. Han pasado ya la tira de años y el propio Cronenberg, integrado en el maisntream hollywoodense, prepara una superproducción con Tom Cruise sobre una novela de Robert Ludlum. Things change.

Pocas películas han tratado de mostrar la cara peligrosa y oscura de la Televisión como esta. Desafortunadamente, una frase que se repite varias veces en la obra ha desviado la atención hacia conceptualizaciones fantasmagóricas. Me refiero a la tan traída, y mal llevada, ¡ Larga vida a la nueva carne!

La versión de la que dispongo, comercial y editada por Universal en 2002, dura 82 minutos (sin títulos de crédito) aunque en todas partes leo que tiene un metraje de 88. Es obvio que me estoy perdiendo algo. No es raro pues que un crítico como Carlos Aguilar quien por lo demás tiene una buena opinión de la película, señale su progresiva deficiencia expositiva. Para compensar este agujero en la memoria decidí, ni corto ni perezoso, leer la novelización del film: obra de Dennis Etchinson, aunque firmada con el seudónimo de Jack Martin. Pero no llegué demasiado lejos, a pesar de que hay algunas diferencias sensibles entre la imagen y la palabra. La película, por citar un ejemplo, evade una impresionante escena en la que un televisor emerge de las aguas de la bañera como una especie de mutante Afrodita catódica. También da bastante menos trascendencia al conflicto (¿político?, ¿religioso?) que culmina con la eliminación de los hombres de “Spectacular Optical”.

Recuerdo al lector que en el film el protagonista se enfrenta presuntamente a dos bandos de manejadores de ese gran modelador de lo real y de la mente que es la TV. Uno de ellos, la “Iglesia de los rayos catódicos”, es capitaneado por un psicólogo y filósofo: el doctor Brian O´Blivion 1 y su hija. Mantienen las tesis “macluhanianas” clásicas 2: La pantalla de televisión se ha convertido en la retina del ojo de la mente. Su símbolo es un “sagrado corazón” y su escenografía filantrópica 3. “Spectacular Optical”, el Otro bando, es el emisor de la señal interceptada: la supuesta emisión sadomasoquista clandestina. Que no es otra cosa que un señuelo para captar al protagonista para el auténtico experimento: un proyecto militar secreto que trabaja con lo que en la novela denominan: a zero light fighting machine. Un acumulador de imágenes generadas por la propia mente en estado de alucinación: un Accumicón.

Un sistema de violencia que imaginamos inconsciente y que nos sueña como pesadilla.

La exposición a determinadas imágenes violentas genera modificaciones subsiguientes en el sistema nervioso que vuelve sensible al sujeto al potencial de la máquina de alucinaciones. Teniendo en cuenta las tesis del dios padre muerto (Mr. O´Blivion) la vida privada en la carne es menos real que la vida publica en TV. Pero “Videodrome”, la señal, hace algo más: genera un nuevo órgano que controla las alucinaciones y controla la realidad. Al menos eso se nos cuenta por boca, entre otros, de Barry Convex, personificación “pre matrixiana”, del Adversario Corporativo. Fabricante de gafas de bajo coste para el Tercer Mundo y de sistemas de misiles guiados para la OTAN. En la novela su profesión inicial es de fabricante y pulidor de lentes. Como lo fuera Spinoza.

La influencia de Philip K. Dick es evidente a lo largo de la película. De ahí su desarticulación, su incoherencia, la creciente disgregación de la trama y de los personajes. Una máquina pues que expone el código a la danza invisible y que percibimos como ruido.

A mí no me cabe duda, en mi demencia no compartida, que películas como Skyline o Balada triste de trompeta son portadoras de la señal Videodrome. Algo feroz y sutil anda suelto por el mundo y puede entrar en nosotros a través (mas no sólo) de los ojos.

¿Qué separa a la realidad del sueño? ¿A la vieja ciudad de la nueva? 4 ¿Al código del ruido?

La imagen de una pistola fundiéndose con la mano que la empuña + esta mano emergiendo de la pantalla y adquiriendo carnalidad… Su uso para suprimir en nombre de un proyecto, suprimir a los gestores de esta decisión y, más tarde, suprimir al propio supresor que supuestamente se transforma a otra vida en el espacio de un viejo pecio.

Juegos de espejo o del Sol y de la Luna, como nos referiría poéticamente Jean Ray 5.

De James Woods al Capitán Neo. De una transparencia soviética “gorbachoviana” a una emancipación global “assangeana”, en el contexto de un desplome inapelable de lo real. Mientras lo espantoso va distribuyéndose en lo cotidiano, como lo hacían los peculiares objetos diseñados por la sociedad secreta que Borges convocó en su Tlön , Uqbar, orbis tertius. Ciertamente son tiempos feroces. Y nos dejamos en el tintero a Nicky (Deborah Harris) pero ¿qué haríamos si no existiera el Misterio?

Estamos entrando en una nueva era salvaje, como señala uno de los protagonistas, y vamos a tener que ser duros, directos y fuertes 6.

Larga Noche a la vida muerta.



1 “Oblivious” significa Inconsciente.
2 Cronenberg conoció personalmente a MacLuhan y asistió a sus clases (o a seminarios diversos) en la Universidad.
3 Marshall MacLuhan era católico.
4 La película recrea esta dualidad urbanística en diversas escenas.
5 La ciudad del miedo indecible.
6 Una de las diversas y “parasubliminales” referencias al nazismo. Otras son: la marca de la pistola del personaje que encarna James Woods (una Walther PPK) o la peculiar fotografía de Hitler, disfrazado de bailarina, con unos peculiares y deformes pies en una foto que sólo veremos de refilón un par de veces en el apartamento de este personaje.

Frank G. Rubio

El Butano Popular © 2012

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